jueves, febrero 23, 2012

LETRAS QUE NO SE ENTIENDEN


–¡Jesús Felipe venga acá! ¡Apúrese!

Ahora sabrá Dios cuánto va a tardar ese chino en cruzar desde aquel lado, justo cuando más necesito que me diga lo que dice este jilacho pote…

–¡Chuuucho! ¡Qué venga acá y deje de estarme haciendo pegar gritos!
–¿Qué fue?
–¿Esas son formas ni maneras de responder? ¡Apúrese le dije ya!
–¡Pero es que si me dice desde allá, de acá le digo!
–¡Le digo que aligere y termine de cruzar y venga aquí!

Este bendito muchacho… ¿Será que es tonto? ¿Cómo cree que me voy a poner a gritarle de cuántos litros de agua es que debo poner en la pipa por cada medida de veneno? Esta misma noche todo el mundo va a estar con el chisme de si será que no se leer.
La verdad es que uno cuando está jojoto cree que se las sabe todas, y siete más. Mi papá, que Dios tengan su santa gloria, me decía todos los días: “mire José María que uno no nace bruto, uno se hace burro cuando no quiere aprender. Si usted sabe leer y escribir es mucho lo que el mundo le va a tener deparado, pero si no lo sabe es como el que no ve”.

¡Ay papá Cipriano, si te hubiera hecho caso! Todavía unos días antes de morir me estuvo machacando que dejara de flojear con las letras. En ese entonces, algo así como dos semanas atrás, en Timotes se había armado un escándalo con un muchacho que fue a fumigar con mata maleza un cilantro y le puso fue lo de la plaga. ¡Es que los potes de Gramonzón y de Memphis son iguales! Yo también me hubiera equivocado.
La cosa fue que ella iba pasando y le pidió que le regalara una matica que iba a ponerle a la sopa, él arrancó tres y se las dio. La buena suerte para él y mala para ella, porque si eso no pasa así, la mortandad habría sido enormísima. Aunque ella tampoco las tuvo tan mala, porque el esposo la encontró y alcanzo a llevarla a la medicatura y ¡la salvaron!

Papá eso lo tenía bien claro y me decía: “¿Cómo va a poder entender cuál veneno es el que le va o le viene al perejil, o al maíz, o a la papa? Porque no todos son lo mismo, cada uno es para su cada mata. Recuerde siempre: lo que se aprende nunca está demás, usted no sabe cuando es que lo va a necesitar. Además: eso no ocupa espacio, la cabeza no se le va a poner ni más grande ni más pequeña”.

–Pero bueno, ¡Jesús Felipe!, va a terminar de llegar ¿o qué?
–Ya estoy llegando…
–Eso mismo me tienes diciendo hace una hora, a ver si aligeras y no me hagas seguir gritando.

Esa última vez estaba sentado allá, bajo aquella mata de guayaba, y me dijo: “¿Cómo va a saber usted, Chema, que está poniendo la cantidad que es? Si se pasa de veneno puede provocar una mortandad de gente, y si pone de menos, entonces la plaga se pone más fuerte y acaba con todo lo que tenga sembrado. Deje la vagancia que de bestias ya tengo lleno el corral y completa la recua. Mire que para aprender nunca es de noche. Míreme a mi, que aprendí a leer ya abuelo”.

Ahora me da vergüenza reconocerlo, pero cuando lo oía por dentro me reía de lo que me decía y pensaba: ¿Pero acaso que con leer voy a poder ir a la bodega a comprar? Si no llevo en la cartera los billetes no me entregan nada, por más que sepa leer y escribir.

También debo decir, que como yo veía al tío Manuel, así bien gordo, y lo único que hacía era beber miche y comer como un mismo tragaldabas, siempre diciendo: “¿Estudio? ¿Eso qué es? ¿Cómo a qué sabe eso? ¡Hábleme de cobres que es lo único que vale! Busque una mujer de una familia con bastante real, que esas, no es que están de sobra, pero todavía queda alguna tonta por ahí; encuéntrela y después, así le tenga que aguantar lo que sea, ¡usted va a poder hacer lo que le de la gana! No se le olvide que el mundo es del que tiene. ¡Aprenda de mi!”

Las semillas son otra cosa porque las puedo distinguir por la foto de afuera, aunque no siempre es así. Días atrás el gordo de esa enorme tienda de allá abajo, ya entrando al pueblo, me echó una bien grande.

Pasé por allá a comprar unas cabuyas y unos sacos, y él me ofreció, que le acababan de llegar unas semillas por sacos. El precio no estaba ni mal, así que le pedí me diera un medio kilo de las de perejil y otro medio kilo de las de calabacín. Él me dio mis dos bolsas.

Me vine y aporqué el barbecho, y planté de esta parte de una clase y en el frente de la otra. ¡Cuál no sería mi sorpresa! En lo que acuerparon fue que vine a caer en cuenta que ese vagabundo me había dado era semillas de Sedano, ese que llaman apio España y las otra eran de auyama, ningún calabacín…

A Chucho, y a Juan Antonio, y a la niña, si me he empeñado en que vayan a la escuela, y no hagan lo que hacia yo. Cuando yo estaba así como ellos, me escapaba para irme a buscar nidos por el monte, o a bañarme en el río y agarrar naranjas de las que habían por ahí. Eso de estar en una silla me fastidiaba. Pero como me he dado cuenta de lo necesario que es, a ellos les puse la cara bien seria y los he hecho que aprendan. No quiero que les pase como a mí.

Un día de estos le digo a la niña, que es la que mejor se lleva conmigo, para que nos sentemos y me vaya enseñando, porque de verdad que es bien triste no saber qué dicen las letras por donde quiera que uno tienda la vista.

© Alfredo Cedeño

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